lunes, 25 de mayo de 2009

I

Franca llega a la casa de la infancia. Todo le es familiar y todo le es, al mismo tiempo, ajeno.

Se sienta en la galería vacía y se ve niña, se ve barro, se ve juego.

Franca baila en su casa-habitación.

Rehoga cebollas en el fuego.

El cambio ya empezó.

El movimiento finalmente se produjo.

Ahora ya no se puede volver atrás.

Franca tiene que enfrentar su destino.

Sin conocerlo, y tan desde lo cotidiano.

Tan desde ese olor-sonido a cebolla en la sartén.

Tan paquete de fideos semi-abierto.

Mete de lleno las manos en la masa y siente las manos niñas en el barro.

Siente la tierra entre las uñas, los pies enchastrados.

Siente todo en un mismo instante.

Como si los fideos, y la galería, y la niña y el barro formaran parte del mismo momento presente.

Entonces entra Ernesto. Con el trabajo en los ojos, en las manos, en las palabras. Le da un beso desde otro lado y comenta un par de cosas descontextualizadas. El mundo-barro desaparece.

Ernesto deja el bolso y acomoda los individuales. Ritual-cena. Rutina-cena. Prende la tele.

Ella cae ante el tirón-cable-a-tierra. Lleva los platos a la mesa. La salsa sobre los fideos. La hornalla apagada. El repasador manchado. La madera de la silla.

No entiente por qué le cuesta tanto concentrarse en ese momento-dejavu.

Momento ya vivido, ya discutido, ya masticado. Esos mismos fideos. Esa misma mesa de pino. Esa misma lámpara con bichos de verano. No está triste, pero le molesta no poder concentrarse. Le molesta estar viendo todo desde afuera, quiere meterse, como antes, como siempre, pero no puede.

Empieza a oscurecer. Los ojos se adaptan pero la madre requiere a la niña adentro. Hora de bañarse. Hora de cenar. Basta de juegos. Reclamando se mete en la casa. Pero unos minutos después, abajo del agua caliente, ya se olvida del barro y pregunta por frutas. El camisón limpio y fresco y la comida servida y tanto verano por delante.

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