domingo, 28 de junio de 2009

En plena escena adolescente sale sola en la ciudad costera.
Dueña de sus 15 años camina por la avenida principal buscando no sabe qué.
Así llega a una plazoleta y se sienta sola a tener lástima de sí misma.
Llega un grupo de chicos y sacan guitarras, la invitan.
Se acerca tímida, pero se acerca. Revolución. Punto de giro.
Se acerca y escucha.
Y el tiempo es Beatles.
Y en el recuerdo todas esas noches sucesivas son una sola.
Son un esperar que pase el día familiar de playa para que llegue la noche y el mundo nuevo.
Volver a la plazoleta y encontrar caras poco a poco conocidas.
Y es el bosque y el fuego y el vino.
Y una persona en particular.
Que por unas horas, solo por algunas horas de algunos días, sin hacer absolutamente nada, le cambia la mirada.
Y entonces su última noche de vacaciones.
De nuevo las guitarras y el caminar hasta la playa.
Ella se acuesta en la arena, varios hacen lo mismo.
Él se acuesta a su lado.
Todas las estrellas agolpadas. La luna naranja de ese u otro día fusionado en el recuerdo.
Eso y nada más.
Eso y silencio.
Y un número de teléfono en el cuaderno.
Y una promesa que se sabe olvidable.
Y el sonido del mar.
Y nada más.

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