Fue después de un mes y medio de buscar trabajo en las tantas páginas de internet, de despertarme temprano, hacer colas eternas en la vereda con el diario en la mano, de llenar decenas de formularios, de enfrentarme a los siempre jóvenes trajeados de recursos humanos con sus preguntas incoherentes, ejerciendo su poder mediocre sobre la persona que tienen enfrente, después de escuchar propuestas inverosímiles de trabajos inaceptables. Fue después del fin de semana de los panes rellenos, de comprar harina y jamón y queso y tomate y amasar a la mañana, hornear al mediodía y salir a vender a la tarde con los inolvidables $17 de ganancia. Fue después de todo eso cuando caí en la trampa de las cajas de cartón.
Todos los fines de semana salía en los clasificados, era algo de armar cajas de cartón, no pedían nada, tenías que ir a una entrevista, te entregaban el material y te pagaban semanalmente por cantidad de cajas armadas.
Así que me aventuré ese lunes por la mañana en una galería oscurísima de Primera Junta, había ya gente esperando, un clima de desconfianza total. Las entrevistas las hacían en un local, la vidriera estaba tapada con una estantería y una tela enganchada atrás que no dejaba ver el interior. En los estantes unas cajitas mínimas de bajísima calidad, cuadradas, redondas, con forma de corazón, algunas estaban abiertas mostrando bochornosos anillos dorados en su interior.
Al rato vi salir a la primera tanda, se entraba de a tres. Eran dos personas grandes (hombre y mujer) y una chica, salían con bolsas en la mano. El “qué hago acá” fijo en la mente, acompañado por el “necesito plata ya” y el saber que me quedaban como mucho $50 hasta que saliera algo de trabajo y que en algún momento, inevitablemente, iba a llegar principio de mes con el alquiler, la luz, etc etc.
Finalmente entré, me tocó con dos chicos adolescentes. Adentro un escritorio, una vieja, dos sillas. Me quedé parada. Y ahí, no me queda muy claro cómo, la vieja desagradable desplegó unos modelos de cajitas, describió un sueldo genial y nos vendió una bolsa con materiales para hacer una pequeña primer tanda ("sean prolijos", me acuerdo que nos aconsejó), llevarla en dos o tres días y así quedar dentro del staff. Y cuando digo vendió lo digo literalmente, tuvimos que pagar algo así como $30 por los materiales.
Cuando atravesé la puerta del local para irme ya me sentí una idiota, sentimiento que se fue haciendo más fuerte cuando salí de nuevo a la realidad de Av. Rivadavia, y más cuando subí al 42 para volver al departamento de Fraga y reflexioné apenas sobre lo que había pasado. Y más cuando, después de aguantarme las ganas de tirar la bolsa en cada tacho de basura de cada esquina, puse los materiales sobre la mesa (dos cartones tamaño oficio, una plasticola de marca desconocida y unas hojas con explicaciones tipo billiken) y me di cuenta de que me resultaba incomprensible cómo transformar esos cartones en corazones.
Ayer me recordaron esta anécdota, y me reí durante interminables minutos. Pero me quedé pensando en lo terrible de este submundo de personas que viven de la estafa a gente que no tiene nada. Lo terrible de la vieja detrás del escritorio, que quién sabe por qué diminuto sueldo se dedica a hacer perder sus últimos $30 a personas que llegan desesperadas. Publican en el diario un aviso para gente que ya fue rechazada en tantos otros lugares, y lo real es que cuando llegás y te dicen que sí, que estás capacitado para esa tarea, les comprás cualquier cosa. Tan baja es la autoestima.
domingo, 15 de agosto de 2010
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